No hay duda que a pesar de los esfuerzos por hacer de ella la candidata ideal, Elizabeth Morales sigue representando varios y grandes riesgos para su partido. En el intento de convertir a Xalapa en Elizabethtown, se está haciendo vista ciega a hechos evidentes.
Entre lo que tendría que ser más sintomático para quien toma las decisiones políticas en Veracruz (ya dijimos en entrada anterior que definitivamente ni el partido ni los sectores tienen mano ahí) está, por ejemplo, el preciso día en que se llevó a cabo el registro de Morales como precandidata a la alcaldía en la sede del PRI estatal. No es necesario escuchar las versiones de quienes cuentan con intereses en el asunto, basta con ver las imágenes: el auditorio Jesús Reyes Heroles, siendo un espacio tan reducido, no estuvo “abarrotado” para llevar a cabo el registro, ni siquiera “saturado”; si vemos las fotos, apreciamos un auditorio apenas “lleno”; no “muy lleno”, sólo “lleno” a secas, incluso se pueden apreciar espacios vacíos. Eso no parece síntoma de un candidato “arrasador”. Incluso se pueden apreciar grupos de mujeres en la parte baja que gritan con más desesperación que entusiasmo tratando de armar el mayor alboroto posible (nuevamente la estrategia de “gritar más fuerte”) que contrastan con la pasividad de quienes observan desde la parte superior del auditorio. Nada de eso pareciera garantizar realmente una votación abrumadora. De hecho casi no hay fotos de la explanada exterior para no evidenciar que ahí tampoco había oleadas de gente apoyándola.
Otro significativo indicador se dio en la tan cacareada “Comida de la Unidad”, en la que la estrategia de “gritar más fuerte” de las alborotadoras de Morales ni siquiera funcionó, contra el grito de “Américo, Américo” arrojado con insistencia por los miembros de sectores y seccionales ahí reunidos, más como muestra de reproche y rechazo que como muestra de adhesión. La circunstancia se tornó tan grave, ante la posibilidad de que una situación así se desbordara de dicho evento (con lo que incluso podría inducirse un elemento estatuario en la reunión de consejo, como es la designación por aclamación) que el propio precandidato a la gubernatura, Javier Duarte, recibió la instrucción de modificar el discurso concertador y amable de unidad que tenía preparado, para escupir lo que se convirtió en un llamado a la disciplina y la subordinación que por momentos pareció angustiante.
El condicionamiento de la base militante a la obediencia (debilidad y fortaleza de su partido) fue lo que salvó en ese momento la situación, pero el síntoma no desapareció y debe ser considerado seriamente. Morales ha enfrentado en sus recientes recorridos por Xalapa un rechazo al que no está acostumbrada, en cada punto y evento al que se presenta aparece, en contrapeso a los organizadores que le reúnen gente para recibirla con loas, grupos espontáneos que se acercan a manifestar abiertamente su descontento hacia su candidatura. Son grupos desarticulados cuya falta de organización denota precisamente una peligrosa espontaneidad y los cuales en más de una ocasión han sido más numerosos que los propios anfitriones, obligándola a salir de la zona casi huyendo, protegida por la prepotencia majadera de sus esbirros.
Aún hay opciones, sin duda, antes de dejar en manos tan dudosas la suerte de la capital del estado. Es necesario abrir los ojos y oídos a hechos evidentes y no sólo a quienes, por cercanía y en voz baja, hablan por sus propios intereses.
¿Cafecito?
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