sábado, 27 de marzo de 2010

Felipe en el país de los ridículos

entrada el 27 de marzo de 2010
Cuando escuché a Felipe Calderón en un noticiero de televisión hablando de “una bola de maleantes” que representan a “una ridícula minoría”, por un momento pensé que estaba hablando de la clase política mexicana, a la que él mismo pretende pertenecer.
La altanería y soberbia del señor Calderón son inadmisibles, pues nada que haya causado tantas muertes innecesarias, tantos asesinatos de inocentes, tanto daño a la salud de nuestros jóvenes, tanta merma económica a nuestro país, nada que cause tanto miedo a nuestras familias puede, de ninguna manera tildarse de “ridículo”.
Las diversas aristas que conlleva el ridículo que hace don Felipe, permitiéndose hablar al calor de la frustración que lo pone en evidencia, arrastran consigo a todos los organismos del Estado mexicano involucrados en refrenar al mal al que se refirió, pues lo que nos dice es que los esfuerzos de la nación estás dedicados y orientados a perseguir el ridículo.
De hecho, sus arrogantes declaraciones ponen en mayor riesgo a la sociedad a la que no ha sido capaz de proteger en ningún aspecto de su patético gobierno, ¿o de qué manera cree el señor presidente que van a responder los aludidos, si no incrementando su capacidad de aterrorizar a la población, sólo para ver si así ya no le parecen tan “ridículos”?.
La mención que el señor hace es tan grave, que hasta su semántica es ofensiva para todos los mexicanos, pues si debe tomar nota de algo es de que este país ha demostrado que ninguna minoría puede tener el carácter de ridícula, pues la mayor fortaleza de México se sustenta precisamente en la gran cantidad de minorías que lo conforman y cuya amalgama configura una de las naciones más ricas cultural y socialmente hablando.
Así que el mayor ridículo, como en cada decisión equivocada que ha tomado, lo ha hecho él mismo con su ridícula declaración, pues ha degradado a las instituciones estatales y sociales, desde las más nobles hasta las más sencillas, (el ejército, la policía, la procuraduría, las instituciones de salud, los centros de rehabilitación para adictos, las escuelas, la propia familia como institución primigenia, TODAS las instancias que desde nuestros propios frentes luchamos por erradicar el narcotráfico y sus consecuencias e implicaciones de nuestras vidas), es decir, a la sociedad toda, nos ha degradado al nivel de seres ridículos, porque tenemos la ridícula aspiración de que el gobierno que él encabeza nos libere de este ridículo miedo que ésa que él llamó “ridícula minoría” nos hace sentir. Pero aspirar a ello en este ridículo país es, por supuesto, una ridiculez.
¿Cafecito p’al coraje?

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